“MALDITA ENFERMEDAD”

 

El relato Maldita enfermedad, del periodista de Diario de Noticias Javier Leoné, se impuso en la votación del jurado y se adjudicó el primer premio de la 8ª edición del certamen literario Heraldo de los Reyes Magos de Pamplona.

Javier altruistamente ha cedido su cuento para que AFAN lo divulgue en las campañas de sensibilización que lleva a cabo en colegios e institutos de Navarra.

Relata “la relación entre un abuelo y un nieto, de cómo era cuando el nieto era sólo un niño y de cómo es años después cuando el abuelo cae enfermo, siempre con las Navidades como telón de fondo”, explicó. “Es una historia que le puede ocurrir a cualquiera. Cada uno la puede tomar como quiera, pero mi idea era reivindicar la figura de los abuelos en la educación de los niños”, defendió.

MALDITA ENFERMEDAD

Bat, bi, hiru…

-Eso es uno, dos y tres, ¿no?

-Sí, abuelo. Y cuatro se dice lau. Cinco, seis, siete…

-Qué bien os enseñan en el colegio.

-En la ikastola aprendemos un montón. Ocho, nueve, diez…

-¿También jugáis al fútbol?

-En el recreo. Ayer marqué dos goles, pero no valieron. Once, doce, trece…

-Qué pena. La próxima vez seguro que valen. Yo de pequeño también jugaba.

-¿De qué?

-De medio estorbo. Era bastante malo, pero me divertía mucho.

-Yo también soy malo, pero me gusta porque juegan mis amigos.

Faltaban tres horas para la cena de Nochebuena. Abuelo y nieto habían salido a pasear. Sus escasos conocimientos sobre cocina les impedían aportar nada en los preparativos. Más que sumar, restaban. Y decidieron echarse a la calle. Y charlar. Contar los pasos para comprobar el crecimiento del chaval. Compararlos con los que daba en el pasado y con los que daría en el futuro. Compartir experiencias. Jugar con la nieve. Era la primera vez que el pequeño veía aquellos copos posarse sobre el suelo, sobre los coches, sobre los árboles, sobre los tejados.

-¿Sabes que hay gente que nunca ha visto nevar?

-¡Pero si está nevando! Eso es imposible.

-Claro que es posible. En otros lugares del mundo ahora es verano y brilla el sol. Allí solo han visto la nieve en fotografías o por televisión, pero nunca la han tocado ni la han sentido. Nunca han podido hacer un muñeco.

-Catorce , quince, dieciséis…

Siguieron contando. Pasos e historias. Como aquella de cuando el abuelo pasó las Navidades en un internado porque era el tercero de cinco hermanos y en su casa no había comida para todos. Una sopa, pollo y a dormir. Sin regalos. Sin estridencias. También sobre su época de minero que le obligó a trabajar una noche de fin de año alejado de su familia. Era el encargado de mantenimiento  y, sin él, aquello no funcionaba. Bocadillo poco antes de la medianoche y un brindis con el porrón de vino. Junto al hornillo con el que mitigaba el frío en compañía de otros que también se habían quedado sin compartir una fecha tan especial con sus seres queridos. Tampoco faltaron los detalles de cómo conoció a la abuela, de por qué la quiere tanto.

-Doscientos cinco, doscientos seis y doscientos siete.

-¡Dos menos que el año pasado! Te estás haciendo mayor.

De vuelta a casa, cenaron, rieron, abrieron regalos y jugaron con ellos. Un privilegio en comparación con tiempos pretéritos y de opciones mucho más modestas.

Pasaron los años, menguó el número de pasos y se multiplicaron las experiencias. El nieto creció y comprobó las enseñanzas del abuelo. Visitó los lugares donde la gente nunca había visto la nieve, donde la Navidad era sinónimo de sol y donde los muñecos eran de arena. También otros donde los niños trabajan en la mina y apenas disponen de tiempo para disfrutar de un puñado de Navidades. Porque para ellos la vida es muy corta. Se les escapa sin remisión. Su trabajo le llevó además a conocer a personas que no pueden contar pasos porque se hacinan en botes de plástico que, en el mejor de los casos, les conducen hacia otro trayecto sin destino final. Y así resulta imposible caminar. También contar.

Con todos estos recuerdos, y muchos más, el nieto regresó a casa después de unas cuantas Navidades lejos de su hogar. Y quiso salir a pasear. Tres horas antes de la cena de Nochebuena, como rezaba su propia tradición. Pero el abuelo no estaba. Uno, dos, tres… Sin él, sin sus recuerdos, sin sus historias. Aquello era diferente. Cuatro, cinco, seis… Y regresó. No merecía la pena contar.

La copiosa cena de la que disfrutó, pero sobre todo la enorme cantidad de licores que ingirió, muchos y variados, aplacaron su tristeza hasta la mañana siguiente. Pero el despertar le devolvió a la cruda realidad. En forma de un intenso dolor de cabeza. En forma de una insoportable deshidratación por el abuso del alcohol. En forma de una ausencia, la de su abuelo, que dejaba un vacío imposible de llenar. Una aspirina y un interminable trago de agua mitigaron dos de sus tres problemas. Y al tercero también le buscó solución.

Dos horas y trescientos kilómetros después, porque su pie parecía de plomo al apoyarse sobre el acelerador, el nieto pudo ver al abuelo. Se cogieron de la mano. Se miraron. Pero allí no había espacio para contar. Ni posibilidad de caminar. Ni memoria para recordar. Maldita enfermedad.

-¿Quién eres?

-Uno, dos, tres…

 

Javier Leoné, periodista de Diario de Noticias. Primer premio HERALDO DE LOS REYES MAGOS 2018.